Decías que lo querías. Con toda tu alma. Que harías cualquier cosa por él.

Eso decías siempre.

Yo no podía entender qué le veías, con sus gafas de diseño, su actitud prepotente y pagada de sí misma, y ese asqueroso tonillo de autosuficiencia con el que se dirigía a todo el mundo. Qué tenía él que yo no tuviera. Por qué le elegiste a él, en vez de a mí.

Y siempre te jactabas de lo mucho que él también te quería a ti. Somos uña y carne, decías siempre. Somos un todo. Nuestra vida no tiene sentido si no es el uno junto al otro.

Y yo siempre te decía que abrieras los ojos. Que él no te quería tanto, en absoluto. Que él no lo dejaría todo por ti, no daría su vida por la tuya. Que, sin embargo, yo sí lo haría. Yo te quería de verdad. Te quería muchísimo.

De hecho, a pesar de todo, aún te quiero. Todo esto lo he hecho por ti. Para que te dieras cuenta.

Ya lo has visto. Ha sido empezar a torturarlo de verdad, y ahí lo tienes, llorando, suplicando por su vida. ¿Quieres que sufra ella por ti? Y me ha contestado Sí, por favor, para. Házselo a ella. Házselo a quien sea. Pero para ya.

Tú misma lo acabas de oír. Así que, ahora, te pregunto de nuevo: ¿crees que él te quiere de verdad? ¿Sigues pensando que él lo daría todo por ti?

Dime. ¿Seguirías haciendo cualquier cosa por él?

¿Sufrirás por él?

Yo sí haría cualquier cosa por ti. Y entiendo el amor verdadero. Así que responde, y te complaceré. ¿Quieres sufrir por él, o quieres que sea él quien sufra?

Ahora tienes la oportunidad de demostrar si lo que sientes por él es amor verdadero.

Decídete.